lunes, 24 de septiembre de 2012

La historia de mi vida




LA HISTORIA DE MI VIDA

Para cualquier niño, su imaginación es su mejor herramienta para crecer, para desarrollarse, para identificarse consigo mismo, para adaptarse a su propio entorno. De niños, todos creamos nuestro propio mundo de ensueño, estamos constantemente imaginando paisajes, lugares, momentos, personajes, muchas cosas que nos permiten disfrutar de ese bello momento que es la infancia, que a su vez nos permite formar valores, con ayuda de nuestra familia, la sociedad y nuestro entorno, y nos permite crear expectativas de vida para siempre tener esperanza y no rendirnos ante las situaciones, por eso los niños tienen la facultad de imaginar, es como una especie de mecanismo de defensa que desarrolla el ser humano para siempre tener esperanza.

Pues bien, de niño era un soñador. Soñaba con muchos lugares, y hasta cuando estaba despierto permanecía soñando constantemente con personajes fantásticos, todas las situaciones eran mi propia aventura, era el héroe de mi propia historia, rescataba insectos cuando estaban en peligro de ser atacados por cualquier animal, y tenía el poder exterminar todos los peligros que los rodeaban, los obstáculos que se les presentaban a las hormigas cuando corrían en fila llevando su comida, o los defendía de otros niños que optaban por convertirse en sus enemigos, aplastándolos con piedras y aplastándolos con sus gigantescos zapatos.

Me crié en una casa muy grande, lo que permitía correr de aquí a allá e inventarme mis propias aventuras, pasando por tenebrosos lugares oscuros, llenos de cajas, adobes, y plantas que misteriosamente nacían entre las grietas de las paredes rotas de la terraza.
El cuarto de la señora del aseo poco a poco empezó a decaer, llenándose de la basura de la casa y los escombros de cada construcción que se hacía. Era un cuarto fantástico, pasaba por gigantes montañas de costales y bultos llenos de tierra, que me permitían esconderme de los grandes peligros que asaltaban la habitación, como esas enormes arañas que osaban mirarme feo, con una rivalidad tal que parecía que me quisieran tener atado en sus grandes redes. Era mi mundo, era mi historia, y yo era su protagonista.

Cuando entré al preescolar, aprender a utilizar los lápices y los colores fue algo muy fantástico, plasmar todas mis ideas, mis mágicos universos en un papel era como ser el director de mi propia película de ciencia ficción. Sin duda, fue la mejor época de mi vida.

Eso sí, aprender a escribir fue toda una odisea. Todo niño, obviamente incluyéndome, al tener contacto con un lápiz y un papel se vuelve un artista, un mago. Plasmar todos los mundos que imaginamos en un papel se vuelve un momento casi divino. Al igual que dibujar, el aprendizaje de la escritura es un momento digno de recordar, pues aparte de diferenciar cada una de las letras, aprendemos a leer, a entrar en todos esos mundos de ensueño que los escritores nos presentan.

Pues bien, cuando yo recién empezaba a escribir mis primeras oraciones con sentido, las escribía libremente, por todo el papel, sin orden alguno. Cuando entré al jardín, mis profesores empezaron a llamarme la atención cuando escribía las oraciones que nos enseñaban por doquier, en cualquier parte del cuaderno, del papel. Ese momento en el que el goce de ser niño se empezó a deteriorar, fue cuando escuché por primera vez una voz furiosa que decía: ¡Escriba sobre el renglón! … Esa frase, esa exhortación fue el principio de la pérdida de una gran amistad, la escritura y yo. No veía el sentido de escribir, sabiendo que aquello que plasmaba tan libremente en cuanto papel encontraba, debía tener un orden, orden al cual yo jamás, hasta ese momento, habría imaginado.

Me sentía cuadriculado, obligado a seguir una lógica ilógica, que poco a poco fue consumiendo mis ganas por coger esas herramientas que alguna vez me llevaron a otros mundos, un lápiz y un papel.



Viví en una familia de clase media, nunca me sobró nada, pero tampoco faltó un plato de comida sobre la mesa. Mi mamá trabajaba duro como auxiliar administrativa en Cruz Blanca, una EPS que poco a poco crecía, y mi papá era dueño de una finca, exportaba muchas clases de flores a otros países, y supongo que mi amor a la naturaleza lo heredé de él.

Nunca fui una persona de muchos amigos, prefería vivir en mi imaginación, como una pasión psicótica por las cosas que mi mente creaba. Aún así, siempre me sentí querido por mis compañeros de clase, o por lo menos durante toda mi primaria.

El bachillerato es esa entrada a un enorme mundo nuevo, lleno de cambios, de aprendizaje, y de infinidad de sentimientos que de un momento a otro se encuentran, muchas veces haciéndote sentir la persona más grande del mundo, y otras veces como el ser más insignificante del universo. Este mundo es la adolescencia. La empecé a vivir el día en que encontré la diferencia entre mis compañeros de quinto de primaria y de primero de bachillerato. Este último es un ambiente nuevo, más hostil que el anterior, empiezan a formarse subgrupos y empiezan las peleas, es como una mini sociedad, que reproduce la realidad en la que nos encontramos. Los primeros años de bachillerato los viví más bien apartado de mis compañeros, sentía que no pertenecía a ningún subgrupo, que era alguien diferente y que no tenía absolutamente nada que hacer con esas otras personas que me rodeaban. Hasta décimo u once empecé a ver las cosas de otra manera, no tenía que adaptarme a mis compañeros, más bien yo tenía que adaptar ese ambiente a mi forma de ser, y fue en ese momento cuando empecé a encontrar amistades de verdad.

El curso que más me marcó fue once, tal vez porque es el curso más anhelado de todos, y a la vez el que nunca quieres que llegue. Fue un año cargado de muchas cosas, buenas y malas. Era la primera vez que me apegaba muchísimo a una persona, no puedo decir que era amor porque definitivamente no lo era, era como sentir que tocaba el cielo con las manos, pero era consciente de que estaba más cerca a poner las manos en una estufa. Estaba jugando con fuego, pero aún así, se formó una relación. Quise mucho a esa persona, hubiera dado cualquier cosa por tenerla a mi lado siempre, pero como muy bien dice la frase popular, el amor es ciego. Idealizaba a esa persona de tal manera que todos sus errores y sus imperfecciones me parecían perfectas, todo, pero cuando logré bajarme de esa nube, supe que lo que estaba haciendo era destruyendo mi propia vida, pues esta persona lo único que me aportaba era dolor y sufrimiento, y cuando terminamos me sentí una persona libre, mal indicio, pues si te sientes libre después de terminar una relación, es porque eso jamás funcionó.

Bien, heme aquí, en la universidad. Decir qué quería estudiar fue algo sumamente difícil, de chiquito quería ser astronauta, poner mis pies sobre la luna, y quizá sobre otro planeta. Pero recién salí del colegio me invadió la idea de que tenía que ser veterinario, velar por esas hermosas criaturas que hacen de la naturaleza un equilibrio perfecto. Soñaba con salvar muchas vidas animales, y hacer de todo con tal de que el maltrato animal fuera simplemente otro hecho de la historia, pasada, pues iba a emprender una nueva generación de seres humanos amantes de cada uno de los seres vivos que habitan con nosotros.
Un día cualquiera, me metí a internet a mirar varias universidades, y cuando entré a la página de la FUNLAM ví un letrero grande que decía “Felicitaciones, pregrado en psicología, acreditación de alta calidad.” Me llamó la atención así que me puse a revisar todo el pensum de la carrera, y cuando iba leyendo cada uno de los temas, algo en mí vibraba, como si hubiera encontrado mi vocación.


Aquí estoy, después de muchas luchas conmigo mismo, formándome para ser cada día una mejor persona, y ayudar mucho a la gente que lo necesite, haciendo parte de las personas que soñamos con cambiar el mundo positivamente, y con muchas expectativas para que todos mis proyectos se puedan hacer realidad, y estar al servicio de la humanidad.





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